Archivo de la categoría: Wislawa Szymborska

Cielo – Wislawa Szymborska

Haber empezado por ahí: el cielo.
Ventanas sin alféizar, sin marco, sin cristales.
Un hueco y nada más,
pero abierto de par en par.

No tengo que esperar una noche clara
ni levantar la cabeza
para observar el cielo.
Lo tengo detrás, a mano, sobre mis párpados.
El cielo me envuelve herméticamente
y me eleva en el aire.

Ni las montañas más altas
están más cerca del cielo
que los valles más hondos.
En ningún lugar hay más cielo
que en otro.
La nube está tan cruelmente aplastada
por el cielo como una tumba.
El topo está en el séptimo cielo
como la lechuza que bate sus alas.
Aquello que cae al abismo
cae también del cielo al cielo.

Arenosas, fluidas, rocosas,
radiantes y volátiles
superficies de cielo, migajas de cielo,
bocanadas y cúmulos de cielo.
El cielo es omnipresente
hasta en la penumbra bajo mi piel.

Como cielo, defeco cielo.
Soy trampa en otra trampa,
habitante habitado,
abrazo abrazado,
pregunta en respuesta a una pregunta.

La división en el cielo y la tierra
no es la forma adecuada
de pensar en el todo.
Permite tan sólo sobrevivir
bajo una dirección más exacta
más fácil de encontrar
si alguien quisiera buscarme.
Mis señas de identidad
son el encanto y la desesperación.

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Elogio de la mala conciencia de uno mismo – Wislawa Szymborska

El ratonero no tiene nada que reprocharse.
Los escrúpulos le son ajenos a la pantera negra.
No dudan de lo correcto de sus actos las pirañas.
El crótalo se acepta a sí mismo sin complejos.

No existe un chacal autocrítico.
La langosta, el tábano, el gusano y el caimán
viven como viven y satisfechos con ello.

De cien kilos es el corazón de la orca,
pero en otros aspectos no le pesa.

Nada más animal
que una conciencia limpia
en el tercer planeta del Sol.

La mujer de Lot – Wislawa Szymborska

Tal vez miré hacia atrás por curiosidad.
Pero además de curiosidad pude tener otras razones.
Miré hacia atrás porque me dio tristeza la escudilla de plata.
Por distracción: amarrándome el cordón de la sandalia.
Para no mirar más la nuca justa
de mi marido, Lot.
Por la seguridad repentina de que si yo muriera,
él no se detendría
Por la desobediencia natural de los humildes.
Escuchando cómo nos perseguían.
Conmovida por el silencio, pensando que Dios cambiaría de idea.
Nuestras dos hijas se perdían ya tras la colina.
Sentí la vejez en mí. El alejamiento.
Lo inútil de viajar. Sueño.
Miré hacia atrás mientras ponía mi hatillo en el suelo.
Miré hacia atrás preocupada por el siguiente paso.
En mi camino aparecieron serpientes,
arañas, ratones de campo y polluelos de buitre.
Ni buenos, ni malos; simplemente lo vivo, todo,
brincaba y se arrastraba por un temor colectivo.
Miré hacia atrás por soledad.
Por la vergüenza de huir a escondidas.
Por las ganas de gritar, de regresar.
O porque justo entonces se soltó el viento,
desató mi pelo y me levantó el vestido.
Sentí que me veían desde los muros de Sodoma
y se morían de risa, una y otra vez.
Miré hacia atrás llena de rabia.
Para gozar plenamente su ruina.
Miré hacia atrás por todas las razones mencionadas.
Miré hacia atrás sin querer.
Fue sólo que una roca giró gruñendo bajo mis pies.
Que una grieta de pronto me cortó el paso.
En la orilla un hámster agitaba las patas delanteras.
Y entonces ambos miramos hacia atrás.
No, no. Yo seguí corriendo, arrastrándome y trepando
hasta que la oscuridad cayó del cielo,
y con ella grava ardiendo y aves muertas.
Por falta de aliento varias veces perdí el equilibrio.
Si alguien me hubiera visto, pensaría que bailaba.
Es posible que haya tenido los ojos abiertos.
Que haya caído mirando hacia la ciudad