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Cielo – Wislawa Szymborska

Haber empezado por ahí: el cielo.
Ventanas sin alféizar, sin marco, sin cristales.
Un hueco y nada más,
pero abierto de par en par.

No tengo que esperar una noche clara
ni levantar la cabeza
para observar el cielo.
Lo tengo detrás, a mano, sobre mis párpados.
El cielo me envuelve herméticamente
y me eleva en el aire.

Ni las montañas más altas
están más cerca del cielo
que los valles más hondos.
En ningún lugar hay más cielo
que en otro.
La nube está tan cruelmente aplastada
por el cielo como una tumba.
El topo está en el séptimo cielo
como la lechuza que bate sus alas.
Aquello que cae al abismo
cae también del cielo al cielo.

Arenosas, fluidas, rocosas,
radiantes y volátiles
superficies de cielo, migajas de cielo,
bocanadas y cúmulos de cielo.
El cielo es omnipresente
hasta en la penumbra bajo mi piel.

Como cielo, defeco cielo.
Soy trampa en otra trampa,
habitante habitado,
abrazo abrazado,
pregunta en respuesta a una pregunta.

La división en el cielo y la tierra
no es la forma adecuada
de pensar en el todo.
Permite tan sólo sobrevivir
bajo una dirección más exacta
más fácil de encontrar
si alguien quisiera buscarme.
Mis señas de identidad
son el encanto y la desesperación.

El olvido – Vicente Aleixandre

No es tu final como una copa vana
que hay que apurar. Arroja el casco, y muere. 

Por eso lentamente levantas en tu mano
un brillo o su mención, y arden tus dedos,
como una nieve súbita.
Está y no estuvo, pero estuvo y calla.
El frío quema y en tus ojos nace
su memoria. Recordar es obsceno,
peor: es triste. Olvidar es morir. 

Con dignidad murió. Su sombra cruza.

Espíritus de la aurora – Vicente Aleixandre

No, no es la ahora cuando la noche va cayendo,
también con la misma dulzura
pero con un levísimo vapor de ceniza,
cuando yo correré tras vuestras sombras amadas.

Lejos están las inmarchitas horas matinales,
imagen feliz de la aurora impaciente,
tierno nacimiento de la dicha en los labios,
en los seres que yo amé en vuestras márgenes.

El placer no tomaba el temeroso nombre de placer,
ni el turbio espesor de los bosques hendidos,
sino la embriagadora nitidez de las cañadas abiertas
donde la luz se desliza con sencillez de pájaro.

Por eso os amo, inocentes, amorosos seres mortales
de un mundo virginal que diariamente se repetía
cuando la vida sonaba en las gargantas felices
de las aves, los ríos, los aires y los hombres.

Silencio – Octavio Paz

Así como del fondo de la música
brota una nota
que mientras vibra crece y se adelgaza
hasta que en otra música enmudece,
brota del fondo del silencio
otro silencio, aguda torre, espada,
y sube y crece y nos suspende
y mientras sube caen
recuerdos, esperanzas,
las pequeñas mentiras y las grandes,
y queremos gritar y en la garganta
se desvanece el grito:
desembocamos al silencio
en donde los silencios enmudecen.

Elogio de la mala conciencia de uno mismo – Wislawa Szymborska

El ratonero no tiene nada que reprocharse.
Los escrúpulos le son ajenos a la pantera negra.
No dudan de lo correcto de sus actos las pirañas.
El crótalo se acepta a sí mismo sin complejos.

No existe un chacal autocrítico.
La langosta, el tábano, el gusano y el caimán
viven como viven y satisfechos con ello.

De cien kilos es el corazón de la orca,
pero en otros aspectos no le pesa.

Nada más animal
que una conciencia limpia
en el tercer planeta del Sol.

Dos ángeles – Gabriela Mistral

No tengo sólo un Ángel
con ala estremecida:
me mecen como al mar
mecen las dos orillas
el Ángel que da el gozo
y el que da la agonía,
el de alas tremolantes
y el de las alas finas.

Yo sé, cuando amanece,
cuál va a regirme el día,
si el de color de llama
o el color de ceniza,
y me les doy como alga
a la ola, contrita.

Sólo una vez volaron
con las alas unidas:
el día del amor,
el de la Epifanía.

¡Se juntaron en una
sus alas enemigas
y anudaron el nudo
de la muerte y la vida!

Como la mar, los besos – Vicente Aleixandre

No importan los emblemas
ni las vanas palabras que son un soplo sólo.
Importa el eco de lo que oí y escucho.
Tu voz, que muerta vive, como yo que al pasar
aquí aún te hablo.

Eras más consistente,
más duradera, no porque te besase,
ni porque en ti asiera firme a la existencia.
Sino porque como la mar
después que arena invade temerosa se ahonda.
En verdes o en espumas la mar, se aleja.
Como ella fue y volvió tú nunca vuelves.

Quizá porque, rodada
sobre playa sin fin, no pude hallarte.
La huella de tu espuma,
cuando el agua se va, queda en los bordes.

Sólo bordes encuentro. Sólo el filo de voz que
en mí quedara.
Como un alga tus besos.
Mágicos en la luz, pues muertos tornan.