Archivo de la categoría: Poesía catalana

Mudanzas – Gabriel Ferrater

Va y vuelve, ágil,
de la ternura a la risa, del pudor
(la cara que, cuando vence
su desfallecimiento, se vuelve, fiera,
y huye a lo oscuro bajo tu pecho)
a la insolencia (la mano,
el pájaro agudo de burla y de pregunta:
cómo lo sientes en la espalda, y te mide
hasta dónde se haya estremecido tu madera
desesperada al erguirse).

Un día estaré muerto… – Miquel Martí i Pol

Un día estaré muerto
y aún quedará la tarde
en la paz de los caminos,
en los verdes sembrados,
en los pájaros y el aire
quietamente amigo,
y en el paso de esos hombres
que desconozco y que amo.
Un día estaré muerto
y aún quedará la tarde
en los ojos de la mujer
que se acerca y me besa,
en la música antigua
de cualquier tonada,
o aún en un objeto,
el más íntimo y claro,
o puede que en mis versos.
Decidme qué prodigio
hace a la tarde tan dulce
y tan intensa a la vez,
y a qué prado o a qué nube
he de atribuir mi gozo;
porque me sé perdurable
en cuanto me rodea,
y sé que alguien, en el tiempo,
conservará mi recuerdo.

El imposible – Josep Palau i Fabre

Si fueses espíritu, amor, yo te amaría.
Abrázame fuerte, que tus brazos son débiles,
no llegan a mi cuerpo, tan recóndito en mí,
y mis brazos son débiles para atraerte allí.

Si pudiera tan sólo amarte, amor, yo te amaría.
Fueses rostro y fuese yo rostro, tan sólo,
podríamos adoramos el uno al otro,
dejar tus labios y besar tu sonrisa,
mirarme en tu mirada para hallar mejor vida.

Fueses reposo y sueño y ensueño que abriga,
serías para siempre, amor, mi única amiga.

Tu orgullo – Marià Manent

Il mar la terra e il ciel miro e sorrido.
LEOPARDI

Te ponía el orgullo una viva aureola
y me dejaste la soledad. Aún
percibo en mí el desgarro de la hora:
un llanto de astros, y vuelo de hojas muertas
color cobre y una neblina fría
sobre mi corazón. Pensé que fuera
la soledad mi vida taciturna
que se nutría del recuerdo espléndido
y amargo de tu orgullo ¡oh diosa clara!

Sin tu voz, sin tus ojos, ni la sombra
de tu cabello de oro en la frente, ni el rostro
como una rosa pálida, mi vida
seria un gran vado que sonara
al recordar. Mas tu orgullo me hacía
un gran regalo: el universo era
mi tesoro otra vez. La acacia verde
en la fuente traslúcida, la nube
color miel y el azur fresco tal agua
de espíritu tranquilo, el fino astro
y la ancha mar y la música clara
de los pinos y aquel viñedo púrpura…
Todo tornaba a mí en aquel setiembre
dorado y moribundo. Bello acuerdo
en el mundo, las cosas: armonía
de amor y claridad. ¡Oh diosa altiva!

Si por tu luz dejaba el universo
tu áspero orgullo me lo torna entero,
calma mi soledad. Y todavía
veo en el fondo tu más pura luz.