Todas las entradas por Ricardo Fernández

Aficionado a la ciencia ficción desde hace más de 40 años. Poeta ocasional y lector de poesía, novela negra, ensayo, divulgación científica y ciencia ficción.

Poema – César Vallejo

De todo esto yo soy el único que parte.
De este banco me voy, de mis calzones,
de mi gran situación, de mis acciones,
de mi número hendido parte a parte,
de todo esto yo soy el único que parte.
De los Campos Elíseos o al dar vuelta
la extraña callejuela de la Luna,
mi defunción se va, parte mi cuna,
y, rodeada de gente, sola, suelta,
mi semejanza humana dase vuelta
y despacha sus sombras una a una.
Y me alejo de todo, porque todo
se queda para hacer la coartada:
mi zapato, su ojal, también su lodo
y hasta el doblez del codo
de mi propia camisa abotonada.

AGOSTO EN EL JARDÍN – Álvaro Valverde

Cesa la luz
y el tiempo
se suspende
y se levanta
apenas una brisa
como, si en su caída,
el sol moviera el mundo.

Con naturalidad,
respiras hondo.
Hueles entonces
el nítido perfume
que llega del jazmín.

Está debajo.
A lo largo de un muro,
a media altura.
Contemplas
sus hojas delicadas,
su tronco (que parece
el trazo de un dibujo
chino antiguo),
sus mínimas, fugaces
flores blancas.

El olor es intenso,
de otro tiempo tal vez,
evocativo.

Comprendes bien
que por encima
de cualquier otro hecho,
de este agosto en el sur,
quedará en tu memoria
ese momento:
alguien que, a solas,
mientras el sol se va,
huele el jazmín.

Qué señor de las noches, qué guerreros, qué ausentes… – Blanca Andréu

Qué señor de las noches, qué guerreros, qué ausentes,
qué silencio crecido en un secreto como las ramas y
las catedrales
cuando la música de marzo tiene la verdad a sus pies.
Qué estaciones donde nada hay y ningún mensajero recuerda
aquella música lejana, aquellos ojos que brillan en la
oscuridad
como dos animales vivos.
Sobre la niebla, entonces, propagaba su pensamiento
y relaciones y analogías relucían semejantes a peces,
recuerdos refulgiendo sobre el lomo del mar, huraños
pasillos de la memoria, entonces -los últimos
sentimientos, negros como la sombra en la bodega,
se saben todavía mal interpretados -qué astrolabio
y qué brújula, qué viento del noroeste
para el sombrío capitán Elphistone, para su mirada
cuando saluda a las constelaciones, el Boyero y las
Cabrillas
contra el incendio de las tempestades
o bien qué mueca definitivamente fría como un hueso.

Cielo – Wislawa Szymborska

Haber empezado por ahí: el cielo.
Ventanas sin alféizar, sin marco, sin cristales.
Un hueco y nada más,
pero abierto de par en par.

No tengo que esperar una noche clara
ni levantar la cabeza
para observar el cielo.
Lo tengo detrás, a mano, sobre mis párpados.
El cielo me envuelve herméticamente
y me eleva en el aire.

Ni las montañas más altas
están más cerca del cielo
que los valles más hondos.
En ningún lugar hay más cielo
que en otro.
La nube está tan cruelmente aplastada
por el cielo como una tumba.
El topo está en el séptimo cielo
como la lechuza que bate sus alas.
Aquello que cae al abismo
cae también del cielo al cielo.

Arenosas, fluidas, rocosas,
radiantes y volátiles
superficies de cielo, migajas de cielo,
bocanadas y cúmulos de cielo.
El cielo es omnipresente
hasta en la penumbra bajo mi piel.

Como cielo, defeco cielo.
Soy trampa en otra trampa,
habitante habitado,
abrazo abrazado,
pregunta en respuesta a una pregunta.

La división en el cielo y la tierra
no es la forma adecuada
de pensar en el todo.
Permite tan sólo sobrevivir
bajo una dirección más exacta
más fácil de encontrar
si alguien quisiera buscarme.
Mis señas de identidad
son el encanto y la desesperación.