Almudena Guzmán, poesía necesaria como el pan de cada día por Manuel de la Fuente (22-06-2011)

Poesía y vida. Versos al cabo de la calle, a pie de obra. Donde palpita el corazón del hombre malherido. Desde su tempranísimo debut, una adolescente, casi una niña todavía, con «Poemas de Lida Sal» (1981, a los diecisiete años de la autora) Almudena Guzmánnunca se ha refugiado en una torre de marfil. Para ella, un poema es el ronroneo de uno de sus gatos, una buena canción, el trinar de un gorrión o un rosal chino. Pero también el ser humano martirizado en Kolimá, en Srebrenica, en Auschwitz, el parado al que tratan como a un perro en la oficina del INEM, la mujer del Metro atormentada porque no llega a fin de mes, el ser humano que espera ese e-mail que le dé buenas noticias Y que, sin embargo, nunca llegarán.

Premio Tiflos de Poesía
De todo ello y de cientos de cosas más (Kafka, Arias Montano, Demis Roussos, Esther Williams, Cleopatra, el hombre de Neandertal, Rubén Darío, Kropotkin…) nos habla en su nuevo libro, «Zonas comunes» (Ed. Visor), con el que obtuvo el XXIV Premio Tiflos de Poesía, un libro, como destaca el poeta, Académico de la Historia y miembro del jurado, Luis Alberto de Cuenca, en el que se puede destacar «su agudeza, su inteligencia constructiva, su pericia arquitectónica y, desde luego, su sensibilidad, su ironía, su capacidad de sorpresa, su ternura (sólo perceptible por los capaces de experimentar ternura, que no somos todos), su desparpajo, su calidad y limpieza de escritura». Le cedemos la palabra a la poeta.

—Sus versos se han vuelto un café más amargo con el paso de los años?

—Sí. En situaciones normales, por muchos problemas que tengamos de jovencitos no son comparables con los de la madurez; de eso, claro está, nos damos cuenta ahora pero no entonces, cuando cortabas con tu noviete y se te caía el mundo encima como a Abraracúrcix. Podríamos decir que, en la infancia, la adolescencia y la juventud ya sabes que puede venir el lobo, pero cuando viene de verdad es en la madurez: ¡Y qué fauces tiene!

—Uno de los poemas de «Zonas comunes» se titula «Blas de Otero», probablemente el poeta más grande de la hoy tan denostada poesía social. Este no es un libro de partido, pero está repleto de verdades como puños.

—Blas de Otero me encanta, pero no desdeño a León Felipe y Gabriel Celaya. Me merecen un gran respeto por atreverse a decir lo que casi nadie se atrevía a decir. Yo creo que si se calla el cantor calla la vida. Y en cuanto a nuestra realidad social y política, en fin, qué voy a decirle si lo digo todo en «Zonas comunes»: estamos fatal y no se ven salidas. Es una tragedia que se ha querido silenciar pero a la que ya es imposible taparle la boca.

La semilla del diablo
—Más que en términos políticos, sus palabras vuelven a plantearse la eterna lucha entre el bien y el mal. ¿El diablo viste de Prada?

—El bien y el mal existen y están encarnados en los seres humanos desde el principio de los tiempos. Hablo de amargarle la vida al prójimo por sistema, de humillarle, silenciarle y hacerle daño. Lo peor es que no solemos reconocer a esos mefistófeles hasta que nos convertimos en sus víctimas, como ocurre con los vecinos de los psicópatas, que se asombran de lo que ha hecho el chico del tercero porque «era un chico muy formal».

—Su mirada sobre nuestra vida cotidiana es de una agudeza visionaria. ¿Kafka se quedó corto?

—En Kafka encuentras no sólo lo que pasa ahora sino también, estoy segura, lo que pasará. Por eso digo, en un poema, que me fío más de Kafka que de Einstein.

—«Enviar currículos griegos a los fenicios», escribe.

—Me refiero al desprecio que tiene hoy en día el poder por los conocimientos y saberes humanísticos y que es el mayor índice de la incultura y la barbarie de los pueblos: nos estamos jugando, nada más y nada menos, que la dignidad del hombre.

—Una vez más, consigue en este libro que la cultura culta y la cultura popular convivan e incluso se retroalimenten.

—No soy nada ortodoxa en ese sentido. Me gusta no delimitar lo culto y lo popular sino unirlos, porque cada uno se alimenta del otro a favor de los dos. Lo mismo me pasa con la música y la pintura: me encanta Bach, Monteverdi, y compositores contemporáneos como Valentin Silvestrov o Arvo Part pero también algunas canciones de Demis Roussos, Shakira o el mismísimo aserejé.

—«No se puede escribir poesía después de Auschwitz», nos dijo Adorno…

—Claro que se puede, y prosa, y ensayo, y hacer cine y documentales y lo que haga falta: es muy importante que nadie se olvide de lo que pasó porque si nos olvidamos nos arriesgamos a que vuelva a ocurrir. De otra Noche de los Cristales Rotos sólo nos separa un paso. Como decía Freud, «la capa de la civilización es muy delgada».

—«Han pintado la cruz gamada sobre el ciervo rupestre», nos dice. ¿Las cámaras de gas y el gulag simplemente han mudado la piel?

—Hitler y Stalin tenían un poder absoluto y se afanaron en superarse el uno al otro en maldad. Me interesan mucho los mecanismos del mal, cómo y por qué un hombre se vacía de toda conciencia, de todo remordimiento, de toda piedad y firma, sin que le tiemble la mano, la orden de asesinar a millones de personas.

Tres poemas de «Zonas comunes», de Almudena Guzmán

ES tiempo de pocas bromas,
tiempo de subirse el cuello del abrigo,
como los agentes de la Guerra Fría,
y desaparecer.
Pero las catacumbas ya no son seguras.
Han borrado el pez
y la paloma.
Han pintado la cruz gamada
sobre el ciervo rupestre.
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.
LOS prisioneros
de la Torre de Londres,
de la Bastilla,
de la Lubianka,
se han amotinado.
Los guardias han matado a la avecilla
que les cantaba al albor.
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
SENTADO en una roca,
entre el azul del cielo
y el azul de mar,
el hombre de Neandertal
hacía recuento
pero no le salían las cuentas.
Mi cerebro es más grande
que el del Homo sapiens,
he corrido y cazado tanto como él
y en vez de robar al amigo enfermo,
su práctica habitual,
le he abrigado con mis mejores pieles.
En algo he fallado,
Se lamentaba el hombre
de Neandertal,
el primer justo entre los justos.
El primer perdedor de la Tierra.

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